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Daniel Rabanal donó colección de historietas

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Estarán en la Biblioteca del Cómic de la Escuela de Caricatura

Daniel abre la puerta que da a su refugio secreto en un lugar en los cerros orientales de Bogotá. Se trata de un sector ‘exclusivo’, en El Chico, con viviendas descomunales y celadores en las esquinas.

El estudio de Daniel en cambio es chico. Nada ostentoso, mas que un estudio, es una curiosidad, un lugarcito ideal para trabajar que viene a ser como una buhardilla con apenas espacio suficiente, un baño y acaso un rincón para preparar el mate. Una repisa con libros y algunas novelas gráficas –muy pocas – y sus libros, sus referencias gráficas, alguno que otro detalle que revela su oficio: la mesa de trabajo con su mac, dibujos por aquí y por allá… su estudio. Daniel se adelanta para comentar que está hasta los cojones de trabajo. Hace algunas cosas para el Ministerio de Educación, para Ediciones B, unas ilustraciones para historias sobre la época de la independencia.

Después de un momento me muestra un montón de revistas. “Estas son”, señala y se agacha para pasar una por una, deteniéndose de vez en cuando para comentar alguna de ellas, un autor, una historieta. En la medida en que avanza, parece tomar conciencia de que reposan allí algunos Pratt, Moebius, algunas cosas de Skorpio, Luís García, otras cosas mas que parecen permitirle recuperar algún perdido recuerdo. “Hay de todo”, dice, "desde cosas malas– se ha sentido un poco apenado con algunos ejemplares de Necrón de Magnus publicados por El Víbora y otras cosas mas ‘bizarras’ que aparecen por ahí – hasta cosas que valen la pena". A mi todo esto me parece magnífico para una biblioteca que debe mostrar todas las tendencias todas las posibilidades de la narrativa gráfica. Por ejemplo aparecen unos compilados de Zona 84 en muy buen estado y un clásico The fabulous furry Freak Brothers de Gilbert Shelton, un inesperado Gallito inglés, donde unos virtuosos Edgar Clement, y Servín& Camaccio entre otros, anunciaban la revolución de la novela gráfica mexicana; unos magníficos ejemplares de la revista italiana Comic Art , otras, algunas novelas gráficas europeas como El vuelo negro de Genin &Bourgeon, o esta otra, McCoy de Hernández Palacios que enseguida retiene diciendo que esa no nos la va a donar porque se la regalaron cuando estaba en la cárcel, en la Patagonia, donde empezó a dibujar historietas y dice que para él es muy importante porque lo marcó y lo indujo a hacerse historietista. Bromeando me ha dicho que ha ocultado los ejemplares de Fierro. Esos no los regala.

En los setentas, en los tiempos de la Dictadura, Daniel figuraba también en los periódicos argentinos, aunque no precisamente con sus dibujos. Encuentro en la Internet un registro –un fascímil – de un periódico de la época, donde con dificultad se le reconoce. Las noticias, que parecen de otros tiempos, hablan de algo así como “individuos capturados”, otros, “dados de baja”. Daniel estuvo nueve años en la cárcel y solo hasta cuando llegó Alfonsín (que acaba de morir), pudo salir, retomar su vida, publicar en Fierro, viajar a Colombia, publicar en El Espectador, en muchas editoriales, en la revista Cambio y convertirse en un reconocido ilustrador.

Ahora la historieta ha quedado atrás. “No creás, yo la considero, estoy tentado, tengo algunos proyectos”. Pero no parecen haber posibilidades claras. Dibuja, ilustra, se la goza intensamente con este cúmulo de trabajo que a la vez lo espanta, aquí en este su refugio.

“Bueno y ahora como te vas a llevar esto” pregunta. No lo había planeado. Creí que sería un paquete, pero ahora veo que esto hace como dos cajas de revistas de historietas. Ciento veintiséis revistas. ¿Cómo las voy a llevar hasta la Escuela?. La carrera séptima está muy abajo y hasta acá, hasta esta empinada calle, no suben taxis. Alcanzo a pensar que Daniel tendrá su carro y me podrá bajar hasta donde pueda tomar un taxi. Pero enseguida me explica: “Tengo pico y placa. Ando en bicicleta”.

Finalmente subo hasta la carrera segunda, con los paquetes de revistas en los brazos, con la esperanza de que un taxi llegue hasta alguno de los edificios. Daniel sale, con sombrero argentino (?). Me explica que en la venida en bicicleta hasta acá arriba, llega “muerto. Llego completamente exhausto y me tiendo un rato en el piso para recuperar el aliento”. Le pregunto la edad. Me dice que tiene sesenta. No parece: sube en su bicicleta y se aleja en dirección a su casa en Santa Paula, que está retirada de aquí. Al rato llega un taxi y salva la situación. Finalmente estoy en la Escuela con mi botín de historietas que entrarán a hacer parte de la creciente colección de la Biblioteca del cómic de la Escuela Nacional de Caricatura. En los años que llevamos empujando esta institución no hemos hecho fortuna, la verdad sea dicha. En cambio, hemos atesorado algunos amigos que comprenden la importancia de mantener viva una experiencia como esta. Daniel es uno de ellos. De los incondicionales.